Hormigas en la selva africana


La selva africana guarda todavía muchos misterios. Seguramente es por esta razón que sigue despertando la curiosidad de los viajeros más aventureros. Recuerdo claramente, como si fuera ayer, cuando realicé la primera incursión en la selva ecuatorial. Fue en una región forestal entre Camerún, donde estaba con mis padres, y Guinea Ecuatorial, la antigua Guinea Española. Me acompañaba Aniceto, un hombre cincuentón de la etnia fang que había nacido cerca de Ebebiyin, en Guinea. Aniceto, trabajaba en la empresa maderera y de pequeño había recorrido grandes extensiones de selva primaria con su padre en busca de animales para cazar. En esa época todavía se encontraban grandes animales en los bosques cercanos: gorilas de llanura, elefantes de bosque, búfalos y bongos (un antílope naranja con rallas blancas).

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Ese día cogimos una piragua y cruzamos el río Ntem, maravilloso, franqueado por espesa selva virgen. Llegamos hasta la Isla de Dipikar, justo en la frontera, y empezamos a andar. Aniceto saciaba mi curiosidad con historias sobre su pueblo y de cómo el dictador Macías se convertía en tigre por las noches y acechaba los poblados. Por entonces, yo ya era un poco repelente y replicaba con inocente sobervia que ‘en África no hay tigres!, sólo leopardos, leones y guepardos como grandes felinos….’ Aniceto sonreía ante el pequeño ‘massa’ (derivado del ‘master’, amo, inglés). Mientras me iba contando las especies de árbol: iroko, bengué, etc. noté un pellizco en la rodilla…me rasqué rápidamente pero ese pellizco empezó a multiplicarse. Ante mi rostro aterrado Aniceto me dijo ‘muévase massa, está pisando una hilera de hormigas rojas!’ Corrimos unos metros, y los pellizcos fueron bajando de intensidad pero mis piernas estaban llenas de marcas rojas que escocían. Fue entonces cuando Aniceto, usando su sabiduría indígena, me dijo ‘póngase pipí en las heridas, massa’. Al principio me corté un poco, entonces tenía 12 años y estaba en esa curiosa transición de niño a adulto. Me aparté a un lado, me di la vuelta, me bajé los pantalones y oriné sobre mis piernas que me latían de dolor –no era muy intenso pero sí muy molesto-. La imagen era algo surrealista… pero estabamos en África. A los pocos minutos los hinchazones bajaron y el escozor paró. Ese día en la selva quedará siempre marcado en mis recuerdos de infancia, por las historias, la compañía del viejo Aniceto y porque vimos una familia de chimpancés comiendo mangos silvestres…

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Comentarios de los Lectores

Joan, encara utilitzes aquest sistema al wc de Temps d’ Oci???

;-)