Japón - El imperio del sol naciente
Si me preguntáis como ha sido el viaje a Japón, seguro os responderé con un “cuando volvemos?” Por qué? Porque pisar Japón es descubrir que no solo estas ante un país que mezcla tecnología, religión y cultura a la enésima potencia, es ver que las buenas costumbres no están reñidas con la estresante vida urbana y es sentir el calor de una gente que parece muy lejana y que están más cerca de nosotros de lo que pensamos.
Llegar a Tokio fue todo un impacto, subir en el metro una experiencia y descubrir que una chica disfrazada de personaje manga te mira y sonríe tímida porque tú eres un extranjero, eso fue lo más! En el momento que la marabunta de gente permite que salgas al exterior, descubres lugares como Shibuya y Akihabara, con toda su ciudad electrónica, y todas sus gentes de look estrambótico, Asakusa, con sus calles, con sus templos, el Palacio Imperial con sus jardines. Pero si cabe destacar algo, eso es Tsukiji y su lonja de pescado, con toda su actividad matutina. Eran las 6 de la mañana y aquello era un hervidero de gente, cantando precios, circulando con el pescado de arriba abajo.
Después de Tokio llegó Takayama, donde vivimos desde dentro un Matsuri (festival) en toda regla. Carrozas circulando de aquí para allá, chiringuitos de pescado, crudo por supuesto, carne con salsa de soja, sorbetes, fideos, y otras cosas, se compaginaban con niños jugando en las esquinas, en vez de canicas… escarabajos peleando entre si! Digno de ver. Shirakawago nos maravilló, por el pueblo y sus eternas imágenes, pero sobretodo por la abuela que nos acogió en su casa, que aunque no hablaba más que ingles, se hacia entender muy bien con su “Shamisen” (instrumento de cuerdas), y sobretodo con su cocina…
Al día siguiente, y tras descubrir que había ganado un kilo, por las comida de la “yaya”, salimos de camino hacia Kyoto, para alojarnos en pleno centro de Gion, el barrio de las Geishas y las Maikos, que si bien siempre van corriendo con su paraguas de un lado para otro, siempre están sonrientes para la cámara. Allí encontramos el Palacio Tokugawa, donde la película de Tom Cruise tomó mucho sentido, y el espectacular Fushiminari, donde hicimos las plegarias correspondientes después de ir de agua hasta las cejas intentando subir la montañita…
Después de coger el Shinkansen, y ponernos a
Dando los últimos coletazos del viaje, descubrimos Himeji, con su impresionante castillo, Osaka con su vida nocturna y sus Pachinkos, y sobretodo, la gran experiencia, dormir en el templo Budista, donde realizamos una ceremonia de escritura y nos levantamos muy pero que muy temprano para asistir a la misa.
Japón para mi, ha sido descubrir que este país tiene demasiadas cosas como para ser explicadas, que se han de ver, que hay demasiadas cosas que experimentar en solo una visita, que no es tan caro como lo pintan (si no hacemos mención al vuelo), y que definitivamente supera el concepto de Calidad/Precio.
